Uñas comidas por un deseo inconcluso de tranquilidad. Durante años ejecutando sonatas erradas, sales a caminar por una playa llena de algas. Mar adentro, como un paisaje lleno de hojas verdes y húmedas resbalas y tropiezas con rocas y musgos vivos. El miedo profundo a la inmensidad de los océanos que contienen los cadáveres de la historia: reino animal, reino vegetal, reino mineral. El reino de los hombres y mujeres fenecidos por las naves que los surcan por cielo y por mar.
Vuelves a la casa llena de bolsas plásticas vacías luego de un viaje de tres horas que debería haber durado una y media. Las guaguas llorando, las parejas llamándose, esperándose. A mi me esperaba mi gata y un desorden descomunal que aun no se resuelve. Es mejor guardar silencio, apagar el celular, dar vuelta los relojes de arena una vez más, otra vez más, y de nuevo. Como si las cosas cambiaran cuando sabemos que no cambian en absoluto.
Desazón posterior, retrasos a la luz de conversaciones recientes y pasadas: no sirve de nada leer jeroglíficos arcanos cuando lo contemporáneo y su feísmo relacional y aparente es lo que nos rodea. Quizás en la tundra, en la taiga, sea posible otra cosa que no sea este devenir de superficialidades, de pequeñas ambiciones y agendas cortoplazistas. ¿Dónde está el símil de aquello que prometiste? Pero no había ninguna promesa, sólo palabras delirantes: amor, único, vida, pérdida.
Es mejor no esforzarse tanto por levantar proyectos en curso. A veces sólo se vive en melancolía por lo no construido que podría ser contraido, que podría ser recibido, acusado.
Dormir. Silencio. Palabras justas en medio del desorden.