
Al final dieron lo mismo las canciones, los mimos, las miradas, el amor, la espera. Si todo se terminaba cayendo y rompiendo en un saco roto, ese hoyo de mierda cuyo nombre no pude olvidar nunca después de que desecharas todo lo nuestro por ella, después de que tu sinceridad constante me convenciera de que no había forma de que desapareciera.
Entonces mi solución fue desaparecerme yo, hasta que desapareciera ella: aguantar y esperar y sonreír aunque muriera por dentro. Igual que ese pinche cuento de la sirenita: cada pisada como sobre una daga. Odio los cuentos de hadas porque nos hacen mierda a las mujeres pero esa es otra historia, quizás incluso peor que esta. Y como no soy ninguna sirena ni hada ni princesa ni nada me morí de angustia y ansiedad y grité y fui fea y mala e hiriente: más motivos para el abandono.
Cansada de una vida a medias, un amor a medias, de respuestas anestesiadas como si hubiéramos sido cualquier cosa. Yo al menos, no soy así de malagradecida con la vida, quizás porque me ha dado pocas alegrías y porque su sabor amargo me pudre por dentro hasta el cáncer. Y me resisto: yo no quiero tener cáncer. Quiero tener a la niñita hermosa que aun espero.
Después de suicidarme y fallar me dije: nunca más le tengas miedo a la vida.
Después de perderla a ella me dije: los hijos con un hombre que ames y te ame a ti.
Después de suicidarme y fallar me dije: nunca más te harás daño a ti misma.
Después de perderla a ella me dije: no puedes ser madre hasta que te sanes.
Después de suicidarme y fallar me dije: no puedes ser madre hasta que te sanes.
Después de suicidarme y fallar me dije: no puedes ser madre hasta que te sanes.
Después de suicidarme y fallar me dije: no puedes ser madre hasta que te sanes.
Después de suicidarme y fallar me dije: no puedes ser madre hasta que te sanes.
Después de perderla a ella me dije: los hijos con un hombre que ames y te ame a ti.
Después de perderla a ella me dije: los hijos con un hombre que ames y te ame a ti.
Después de perderla a ella me dije: los hijos con un hombre que ames y te ame a ti.
Después de perderla a ella me dije: los hijos con un hombre que ames y te ame a ti.
Todo esto repetido como un mantra cada vez que me levanto, con mucho esfuerzo, con lástima, con patetismo, con odio, con la tristeza de la espera. Y el arrepentimiento de haber vuelto a equivocarme. Mostrar mi fragilidad aterradora y avergonzada. Como si no tuviera derecho. Y quizás no lo tengo.