Cruzando el páramo le pareció ver una silueta, un espejismo, un auto abandonado. No era cierto que había perdido la fe. Era más cierto que estaba cansado, sobre todo de sí mismo. Ya era viejo. Y siempre lo fue. Entonces las manos ajadas de viejo de latón y harapos explotaron en miles de llagas provocadas por el sol, sangrantes. La sangre se secaba de inmediato y el coágulo lo alimentaba. Lamer las heridas. Como un viejo lobo estepario. Había olvidado las palabras porque el desierto no conoce idioma ni habitantes ni compatriotas ni menos compañeros, compañeras. El desierto sólo sabe que es el desierto, así como el océano sabe que es el océano y las toponimias le hacen leves cosquillas mosquiteras que amainan en cada grano de arena de su suelo. El desierto se conoce como desierto y como océano antiguo a la vez. Un océano fosilizado. Una especie de edad de oro. El desierto dorado, de oro, orado también. Vagando el profeta encuentra su oasis, sea cual sea, incluso la botella de coca cola de Los dioses deben estar locos. Betsabé, que casualmente es el segundo nombre de mi abuela aunque ella lo odie (y de hecho odia que le digan abuela, prefiere Ita) (Hitita, como Betsabé) (en fin) Betsabé o J, según Harold Bloom, con ingenio e ironía funda una religión completa a partir de un personaje literario. Un linaje literario completo. Una saga reunida en la biblia. Una saga del desierto con competidores y plagiadores: la Biblia, la Torá, el Corán. Harry Potter v/s El Señor de Los Anillos v/s Duna. O algo así. Tanto desierto y psicoanálisis para sucumbir ante el sinsentido capitalista que ya vio el orejudo y corajudo Kafka hace casi un siglo ya. Estábamos avisados de la batalla, y teníamos tiempo de construir armaduras invencibles. Exoesqueletos de metales indestructibles, aleaciones de la NASA: con la ayuda de Carl Sagan podríamos incluso sonreír ante el sinsentido de nuestra minusculosidad, neologismo apropiado cuando aparecen las preguntas existenciales. Btw dicen que la mejor y la peor literatura la produce el histeriqueo. Una regla que confirma la excepción y viceversa. Porque la única regla es la de la naturaleza y la matemática cósmica desconocida: los dichos populares, dichosos ellos, valen hongo a menos que demuestren lo contrario. Aquí lo único que valen son Los Beatles, Kurt Vonnegut, Vermeer, Bruegel el viejo, y el canon occidental, oriental, septentrional y meridional. Y pasando a otro tema: en la ciudad aparecen nombres. Todos los días. Un día apareció un nombre llamado Manuel Gutiérrez. Ese nombre tenía un padre, una madre, hermano, vecinos. Ese nombre fue disparado y visto mientras era disparado por testigos que se confundían porque ellos no habían visto a las Carabinas de Chile disparar. Se equivocaron. Pero mientras se equivocaban y confundían el carabinero le achuntaba y lo ascendían. Manuel Gutiérrez tenía catorce años. Siempre tendría catorce años. En el desierto, en el canon, fuera de él, en la ciudad. Ese nombre. Un desierto.