Sobre mi depresión
Es primera vez que escribo sobre esto, aunque muchas veces antes lo he intentado. No es fácil escribir sobre algo que nos conduce casi irremediablemente a la autocompasión, al enojo contra una misma o finalmente, al hastío y la rabia y así como un yo yó entre los últimos dos.
La depresión toma muchas formas. A veces tiene máscara rabiosa, el velo más obvio de la tristeza, la profunda tristeza. De qué. Existencial principalmente aunque el gatillo sea circunstancial. Y la rabia que esconde la tristeza, la soledad y la angustia profundas, es un arma efectiva contra todo aquél que intente ayudar, acompañar, incluso comprender. Si tal cosa es posible. Porque aunque se comprenda y acompañe, la depresión también desconfía, constantemente, de los afectos. Porque el afecto falla. Y antes que falle es mejor ahuyentarlo. El fallo es intolerable. Y ¿por qué? Porque el fallo, el error, el ridículo, la estupidez es siempre nuestra. La culpa siempre habita al depresivo.
La culpa depresiva tiene que ver con la imposibilidad de sentir derecho o merecer ser amada o amado. Tiene que ver con un rechazo profundo que puede haber partido de padre o madre desvinculados emocionalmente, un sentimiento de tener que probar la razón de la propia existencia desde muy niño o niña. La búsqueda de aprobación constante porque no basta con ser y punto. Hay que ser y más: ser + problemática, ser + inteligente, ser + bonita, ser + disfuncional, ser + frágil, ser + enferma, etc. Ser + algo que llame la atención, algo que justifique ese ser. Desde el agotador vaivén de las antípodas o la sumisión.
Si la duda es: mamá / papá por qué no me quieres?
La respuesta lógica es: entonces mi llegada fue un error.
La vida como error, como desadaptación basal desde el seno familiar la vivimos todos en algún momento, pero cuando se hace temprana y constante, puede afectar en distintos grados nuestro amor propio y su respuesta sanadora y excesiva, cuando patológica, en el narcisismo (que provoca más padres rechazantes por decirlo de algún modo).
La depresión sostenida y no tratada por años conduce principalmente a la ruptura y dificultad constante de relaciones, al automaltrato en todas sus formas, y finalmente, pensamientos suicidas o intentos de suicidio que pueden acabar en su consumación efectiva.
(todo esto lo escribo a raíz de que en San Valentín, Año nuevo, Navidad y todas esas fechas con súper altas expectativas hay mayores tasas de suicidio, y los depresivos sin tratamiento son especialmente susceptibles).
Volviendo al tema, y aclarando que no soy sicóloga ni nada por el estilo, quisiera decirles que las personas que sufren depresión, para salir del círculo vicioso en el que se encuentran tienen que aprender primero a confiar en sí mismas, en que estarán bien, en que no morirán si el resto les falla, y por lo mismo, podrían, eventualmente, confiar en el resto. Confiar en que su afecto, por imperfecto que sea, es muchas veces sincero y generoso. Confiar, a fin de cuentas, de que somos personas que merecemos recibir amor porque somos eso, personas.
A veces echo de menos ciertos modos amables en cuanto aman, por sobre el afán de aparentar que baña como asfalto las almas de los que nos rodean.
También es cierto que muchas personas al ver algo frágil como un insecto siente el deseo irrefrenable de destruirlo. El pequeño dios enojado ante su propia fragilidad. Y por eso muchos desconfiamos de que la ama-bilidad exista.
La tristeza profunda, la depresión, el necesitar medicamentos para vivir o sobrevivir la vida no son nada para avergonzarse. Quizás si los depresivos habláramos más abiertamente de lo que nos pasa podríamos enfrentar la vida con un poco menos de miedo, con un poco menos de rabia, con un poco menos de tiranía y fragilidad sobre el resto. Menos bipolaridad. Menos ego. Más amor.
Feliz día del Amor.
Sobre mi depresión Es primera vez que escribo sobre esto, aunque muchas veces antes lo he intentado. No es fácil...