Él fotografiaba a sus ex
ex amigos
ex novias
ex padre
ex madre
Él fotografiaba a sus ex
ex colegas
ex casas
ex amores
ex secretos
Blancos y negros
esquizofrénicos en su belleza distante
excéntricos como la mayoría, normales
silenciosos
de cines y de vacíos
(nunca me fotografió a mi)
mirar a los ojos
desencadenando una muerte salina
irrevocable
nunca fue ni su deseo
ni el mío.

Cuatro canales divergen las infancias
El profesor Rossa y Patio Plum
Marcelo o el Festival de la Una
Rosaura y su acento español
El tamaño de sus trenzas
Rapunzel, la muy hija de puta
La puta menor de edad.
Pitéate un ex – CNI
No temas nunca
Un abogado bien pagado
Siempre y cuando
Lo hagas parecer accidente
O partida de ajedrez.
.
Mito de la Edad del Mar y de las estrellas | por Satansonatas
Busca la letra chica y donde dice “simulación superflua” poner “humildad curiosa”. A veces los contratos hay que cambiarlos antes de firmarlos. También: donde dice “tolera lo indecible” poner “a cada cosa su tiempo” (y por tiempo vale lugar).
Disfruta la imagen femenina en el espejo, ella es amorosa además de amante. Un útero rojo que sonríe al futuro tibio de sonrisas infinitas. Desde allí los ancestros y sus lejanas disímiles ciudades apócrifas proscritas o bombardeadas. El tatara tatara tatara tatara tatara tatara de Lodz impronunciable también viene a honrar el amor. La apertura del corazón órgano de fuego que se posa junto a un árbol alveolar sólo oscurecido por las sombras del tabaco reflexivo, a veces necesario en la espera solitaria.
Cómo nombrar las nubes eternas en metamorfosis constante. Es una sola el agua de los siglos, de los ríos y los mares desprendida para viajar hacia las lejanías entonces el ansia del viaje se calma. Allí están los antiguos y por eso están con nosotros. Los más antiguos allá en las estrellas en el confín del infinito estallido.
Espera a su compañero tranquila con un libro en la mano. Algo así como una Penélope de vida feliz frente a un tejido que se arma y se desarma a cada aventura literaria. Una fotografía de la espera acompasada. La sutileza de los solitarios para con su propio cuerpo y su propio asombro hedonista. Un tiempo demorado de papilas gustativas más olfativas que se ciernen y dilatan ante las preparaciones matinales. Las aguas tibias de la dicha de la ducha o la tina abombada y fragante del invierno. Sonríes al llegar a tu propia casa y sientes el aroma del queque horneado casi listo. El harina y la mantequilla. La música de los cómplices amantes demorados en la espesura.
(Source: ranciavida, via black-leather)
Tejía y tejía sin parar Ann B., a sus cuarenta y un años en su casa de Viborg. El frío invierno se acercaba adelantándose al otoño, las niñas crecían a una velocidad pasmosa. Oyéndolas llenas de alegría y risas, lejanas, no podía sino temer por ellas el día que no estuviera, cuando todo se fuera a negro. Niñas, los bolsos para pasar el fin de semana con su padre. Niñas, los bolsos. Una pequeña botella de licor y pastillas en un velador. Esa maldición danesa de la Ofelia congelada en el río ante la indiferencia del príncipe. Indiferencia que Ann B. había sufrido en carne propia todos esos años de silencio y de repetidos intentos por valer algo. Porque Ann B. no valía nada cada vez que pensaba en su padre viéndola de otra forma. Una forma violenta. Una forma seductora que se oponía a la negación cómplice y celosa de su madre de oídos sordos a los gritos ahogados por sus propios gritos, a los golpes por sus propios golpes recibidos.
Mientras, el pequeño Jesse de cinco años se arrancaba y se escondía debajo de la mesa cubierta de un mantel blanco, muy blanco como sólo los protestantes saben blanquear. A veces se hacía pipí de miedo oyendo a su hermana y a su madre gritar y sabía que si se quedaba muy quieto, muy callado, nada malo le pasaría. Quizás un empujón del padre, azotado contra el suelo, pero él sabía que el blanco de toda esa violencia tenía que ver con ser mujer. Con su mamá, con su hermana. Y algún día sería lo suficientemente grande y fuerte para esquivar esos golpes.
Cae la noche y Ann B. teje y teje sin parar los puntos más difíciles de lograr como un mantra arácnido que la envuelve en la repetición de los hilos que conectan la violencia del pasado con la del presente. Su marido la ha dejado una vez más y ya no volverá. Esto lo recuerda cada vez que se lleva a las niñas. Es un buen hombre. Es imposible aguantar tanta amargura. Es ella la que ha fallado, otra vez. Es ella la que no vale nada. Ni como hija, ni como esposa, ni como madre. Quizás muerta valga un poco más, piensa. Quizás muerta dejarán de ignorarme para siempre. Quizás muerta logre que de una vez muera mi padre. Piensa en su hermano Jesse. Cuando era niño. Lo odiaba. Lo encontraba feo. Se reía de él todo el tiempo. Lo odiaba porque su padre no le hacía eso. A ella sí. Sólo a ella.
Jesse ahora estaba en un país lejano en Latinoamérica, viendo cosas rarísimas que lo harían olvidar. Casas de colores colgando sobre los cerros, perros callejeros tomando sol y mierda por todos lados, olor a pescado frito y alcohol y pis en las calles y mujeres lindas que lo miran por ser tan rubio y tan alto y tan triste. Jesse podía olvidarlo todo pero la tristeza no lo abandonaba. Quizás con una piscola. Quizás con un vino blanco, por favor. Quizás con un ron con co - ca co - la, por - fa - vor. Estaba en eso cuando aparecí yo y los dos pensamos que podíamos olvidar y ser felices. Una siesta junto al mar. Largas conversaciones sobre su ciudad y la mía.
Estábamos equivocados.
Estábamos muy equivocados.
El día que Ann apareció muerta su madre no lo pudo encontrar. Había apagado el celular. Quizás había estado borracho -borrado- todo el día. Quizás no. Entonces les escribió un mail. Jesse nunca perdonó esta inevitable falta de sutileza que más tarde repitió conmigo cuando hizo lo mismo. Mi hermana se suicidó y necesito hablar contigo. No nos veíamos hace meses.
Hablamos en un café. Me pregunta si conozco a alguien a quien le haya pasado esto antes. Es lo que yo le preguntaba a mis amigas de kinder para no sentirme tan mal si se me quedaba la mochila y me sentía fatal. Pero yo no conocía a nadie a quien le hubiera pasado algo así. No en esa época al menos.
Anne B. no dejó carta. Y aunque la hubiera dejado ¿habríamos escuchado el eco insoportable del horror y la culpa? La frialdad y el desprecio que intentaba calmar con figuritas de lana, de fieltro, de crochet: bellísimas y perfectas como era ella en su infancia. Quizás morir para Anne es volver a la infancia sin padre y sin madre. Un estado absoluto de inocencia uterina demarcado por frágiles estímulos humanos y fuertes corrientes sanguíneas reencarnadas, submarinas, oceánicas.
Una orca surca las aguas frías de Humboldt con sus crías. Es de noche y hay una luna que ilumina generosa. Tejidos blancos y espumosos acompañan el alma de la nunca más solitaria Ann B. en otra forma, en otro tiempo: la edad de oro de la naturaleza perfecta e inmortal.
Caminando por el lecho del río penumbroso en la hora del ocaso, una familia es observada desde el puente por Amelia. Con melancolía inevitable y desazón temporal piensa en los años que han de venir y cómo la incertidumbre invade sus nombres, ritmos, tonos. Amelia no quiere salir ya de su silencio y esto es como morir un poco todos los días. Es como esa tira dibujada de la sombra que acompaña de la mano al hombre solitario, que va creciendo hasta ocuparlo todo y hasta que la otra mano se la toma una mujer que le sonríe. La sonrisa es el amor. La sombra desaparece. Esto es lo más importante para Amelia al menos. El amor propio, el amor al quehacer, el amor a los animales, a los libros. A la familia. A la pareja, que es la familia escogida, la que construimos algunos por opción, otros por accidente. A los hijos. A esa hija que Amelia perdió y es ahora un fantasma. Quizás esa hija se hubiera llamado Amelia.
Amelia pensó en no nacer en algún momento. Por eso la muerte la rodeó unas cuatro o cinco veces al menos que ella supiera. Quizás son más. Esquiva esa muerte, muy esquiva, piensa Amelia desde su casa silenciosa. La vida también me esquiva corrige Amelia. Sus engranajes lentos le hacen pensar eso. La melancolía constante le hace sentir así. La soledad inevitable de la tina que le arranca una sonrisa de invierno cuando el agua está caliente y el olor a champú le hace recordar la infancia. Amelia tiene un hogar propio. Un cuarto propio. Un amor frágil, un poco depresivo y a veces infantil.
La espera solitaria, la tristeza de Amelia sólo se aplaca cuando aparecen los amigos o la casa aromática luego de la salida al frío invierno. Amelia se conecta con la gratitud y el candor doméstico. La comida bien hecha, deliciosa y sabrosa. Para ella. Para Amelia y nadie más.
Amelia piensa en la soledad y el frío de Beethoven o de Mozart mientras componían y se siente un poco menos solitaria en sus propias composiciones. Amelia es arquitecta. También pinta y hace música y escribe.
¿Amelia? Amelia soy yo. Y aún no consigo amarla.

Mira, es simple: algunos amigos se casan o tienen hijos y otros no. Los primeros odian a los solteros y envidian secretamente su libertad. Los segundos odian a los casados y envidian secretamente su estabilidad. Esto no es una constante sino un vaivén. El punto es que algunos otros no tienen demasiado tiempo de envidiar ni de odiar o amar o imitar o rebelarse sino que prefieren gastar su tiempo -estable- pintando, dibujando, musicando, escribiendo. Es decir, ignorando esta estúpida competencia y cuchicheo de cuarta. Y eso molesta y seguirá molestando a las hormiguitas planas aunque el ejercicio de dichas actividades sea con un marido, dos hijos y un gato al mismo tiempo. Qué se cree, dirán. O, pero mira el colegio donde los tiene. O: claro, si andas en ese auto indecente. También: así cualquiera, trabajando en lo que quieres todo el día y los niños todo el día en el colegio. Y cosas por el estilo, como decía mi mejor amigo antes que muriera.
Los amigos van y vienen, algunos se pierden para siempre en este tipo de discusiones a las espaldas, detrás de las orejas rojas. No puedo sentir otra cosa que no sea lástima por ellos. Ni si quiera eso, porque ellos son felices y eso está bien. Indiferencia -luego de la desilusión- sería un término más adecuado.
Es posible tener una casa, hijos, carrera, jardín o lo que sea sin convertirse en una caricatura de adulto. También es posible mantener una inquietud artística o intelectual sin convertirse en una caricatura narcisista. Esto creo haberlo comprendido hace poco.
Ser madre luego de ser hija durante tres décadas no es algo que me atormente ni me asuste ya. Humildad ante lo posible y lo desconocido. Humildad, porque la humildad es lo más cercano a no tener miedo.
Extraño
hablar de gustar
cuánto
amar, a mar.
DI, Decir: deci-di-r
no podría decir
nada
excepto llorar
oír
lanzallamas, platillos
susurros de oídos
caracoles:
de antiguo, de suyo
de años
de orejas
de niño
el auditorio ausente
de si.
Las caras de la muerte por doquier. Una mujer y su hijo asesinados fotografiados en la escena del crimen, de la mano. El horror y el detalle que conmueve y hace volver al horror. ¿Por qué una madre y su hijo son asesinados? En cualquier parte del mundo? ¿Por qué? ¿Por qué hay personas que quieren ver esas fotografías? O ésta? De personas colgadas? Para no olvidar? Para que nunca más? O por morbo?
Me duele el dolor. Duele el sinsentido.
Duele la violencia.
Me cansa, me violenta.
Me duele y me mata todos los días al recordarla a la vuelta de la esquina
en tu casa, en muchas casas
y daré mi vida
porque nunca en la mía
en la nuestra
en la tuya
en la suya
en la de ellos
en la de ellas.
(Source: tuna-fish-deeelight, via rockanrolera)
La gente espera grandes cosas de Usted, señorita.
Primero que nada, que se mantenga con vida.
Segundo que nada, que lleve una vida tranquila.
Tercero que nada, que esta vida sea relativamente exitosa.
Hay quienes la ven a Usted como a Cleopatra, otros como futura presidenta, o al menos ministra de vivienda.
Otros la ven como artista, como filósofa, como amante.
Ahí es cuando Usted debe cerrar la boca y no hablar de hijos ni de casas en el sur ni de tener un trabajo normal. Mejor no diga nada, cierre la boca y guarde ese halo de misterio y fuerza que tanto nos gusta. Guárdese su depresión y su necesidad de amor. Eso la hace ver débil. Esa no es la heroína que queremos.
Y ya es hora de que además use tacos. Para exaltar aun más la altura de su voz y su mirada penetrante, feroz. Jamás dolida.
Sonría o sea severa, pero por favor, deje de llorar. Se le arruina el rostro, esos ojazos. Súbase al tejado mejor, gatita, hablando en cuatro idiomas y siempre lista Cleopatra.
Siempre lista.
- ¿Cómo hiciste para que te quedara tan rico?
- Lo hice con amor.
- No pero en serio, qué le echaste.
- Eso, amor.
Un edificio de cuatro pisos, sin ascensor, de los años cuarenta más o menos. Un muro rojo, una cocina pequeña, una tina gigante. Ahora hay más tipos de té para llenar los silencios: té blanco, té verde, té negro. Café. Un Toblerone.
Horas tejiendo o aprendiendo a coser en la máquina de la abuela o escribiendo o diseñando un mueble o un templo. Ella nunca para de trabajar, como decía Lars en su guión. Tampoco para de culparse ni a ella ni a los otros. Pero después se ríe. Se ríe bastante. De sí misma y de todos. Enseñanzas de Kurt Vonnegut, ese maestro de la sobrevivencia suicida.
¿Qué hubiera encontrado si hubiera abierto su mail? Unas cuantas mentiras, seguro. Pero es mejor confiar. Por ella, no por el otro.
A pasos cortos, temblorosos pero decididos, avanza hacia lo que supone debiera ser la madurez. Humildad, grises, paciencia, tiempo. Perdón. Dicen. Cuidado, cautela, mesura. Saber decir no, no sé, perdón, perdonar, agradecer. Esperar.
No importa que su blog sea un diario, una confesión, una terapia, aspiracional literario o medianamente bueno. No importa. Es lo que es. Y eso es lo que importa.
Ella también: ella puede ser, puede existir, así como es. No como otros ni otras. Puede existir sin tanto castigo, laceración mental. Un cuchillo que recorre mentalmente distintas partes del cuerpo, las ve sangrar y luego cicatrizar. Dicen que los que se cortan lo hacen para olvidar otro dolor, reemplazar uno por el otro. Ella ni si quiera puede hacer eso porque ya lo sabe. Sería estúpido y adolescente. Y vamos caminando hacia la adultez, madura: humildad, grises, paciencia, tiempo. Perdón. Etcétera.
A pesar de todo la casa está tranquila las cuentas pagadas, no es poco. No es poco tener un espacio de silencio y calma. Lo único que hay que hacer es no abrirle la puerta a cualquiera. Mirar una y mil veces antes de abrir la puerta a cualquier eventual turista. Quizás es injusto llamarlos turistas, pero para ella una persona que visita un lugar siempre desde la mirada exótica y extrañada es un turista. Aquél que siempre quiere ver algo que se supone debe estar ahí pero no está. Es parte del juego, la prueba y el error.
A house is not a motel, como decía la canción. Y yo vivo en una casa. En mi casa, al fin.